Design Changes Space. Relationships Change the City

URBREATH Social media (41)

By Manuel Alméstar [itdUPM]

Originally published in Spanish as “El diseño cambia el espacio. Las relaciones, la ciudad.”

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Urban climate adaptation is often illustrated through highly recognisable images: new trees, permeable paving, sustainable urban drainage systems, renaturalised public spaces, or nature-based solutions that improve thermal comfort. These are visible, measurable and essential transformations for building more resilient cities. In recent years, we have also developed increasingly sophisticated tools to assess these changes. We measure reductions in temperature, gains in biodiversity, water infiltration capacity and the amount of new green space created. These indicators are fundamental because they demonstrate the environmental impact of interventions and help guide public policy. Yet one question rarely takes centre stage: what happens to people when space changes?

Cities are not simply collections of infrastructure. Above all, they are places where relationships are formed. For this reason, an urban intervention reaches its full potential when, in addition to improving environmental conditions, it transforms the way people use, experience and share those spaces.

This reflection has underpinned the work carried out in Villaverde (Madrid) as part of the European URBREATH project, an initiative bringing together public authorities, research institutions, design teams and civil society organisations to explore new approaches to urban regeneration. In Madrid, the project is delivered through collaboration among Madrid City Council, the Villaverde District Council, Dark Matter Labs, Basurama, Traza, and itdUPM, combining complementary expertise to address climate adaptation from environmental, social, and participatory perspectives.

As part of the project’s evaluation process, the team decided to complement environmental indicators with an assessment of citizens’ perceptions. The aim was not only to understand how the park had changed from a physical perspective, but also to explore how the everyday experience of those who use it had evolved. To achieve this, the results of a survey conducted in 2022, before the intervention, were compared with a new assessment carried out in 2026 among children from the surrounding school community.

The findings reveal a remarkable improvement. The overall perception score increased from 2.1 to 4.06 out of 5. Positive assessments of the space rose significantly, with particularly notable improvements in perceptions of the park’s attractiveness, its comfort as a place to spend time, and its value as a space for meeting, playing and socialising.

Perhaps, however, the most meaningful outcome is not the numerical one. Throughout the project’s monitoring process, professionals involved in the intervention have observed how the renewed space is encouraging forms of social interaction that were previously rare. Neighbours spending longer in the square, families adopting the park as part of their daily routines, and people from different cultural backgrounds beginning to interact while accompanying children at play all point to a transformation that is difficult to capture through plans or photographs, yet fundamental to understanding the intervention’s real impact.

These observations do not replace technical evaluation; they enrich it. They demonstrate that nature-based solutions can generate benefits that extend far beyond environmental performance, strengthening social cohesion, fostering a greater sense of belonging and improving quality of life within neighbourhoods. Incorporating these dimensions into project evaluation is essential if we are to fully understand the value that urban regeneration processes can deliver.

At a time when cities are seeking to accelerate their adaptation to climate change, experiences such as this encourage us to broaden the way we define successful urban regeneration. Measuring trees, biodiversity and temperature will remain indispensable. But perhaps we should also ask whether these renewed spaces succeed in creating something equally important: more opportunities for people to meet, live alongside one another, and build stronger communities.

El diseño cambia el espacio. Las relaciones, la ciudad

Por:  Manuel Alméstar

Picture 2 (image)La adaptación de las ciudades al cambio climático suele representarse a través de imágenes muy reconocibles: nuevos árboles, pavimentos permeables, sistemas urbanos de drenaje sostenible, espacios públicos renaturalizados o soluciones basadas en la naturaleza que mejoran el confort climático. Son transformaciones visibles, medibles y necesarias para construir ciudades más resilientes. Durante los últimos años, además, hemos desarrollado herramientas cada vez más precisas para evaluar estos cambios. Medimos la reducción de temperatura, la biodiversidad recuperada, la capacidad de infiltración del agua o la superficie verde incorporada. Todos estos indicadores son fundamentales porque permiten demostrar el impacto ambiental de las intervenciones y orientar las políticas públicas. Sin embargo, existe una pregunta que rara vez ocupa el centro del debate: ¿qué ocurre con las personas cuando cambia el espacio?

Las ciudades no son únicamente una suma de infraestructuras. Son, ante todo, lugares donde se construyen relaciones. Por eso, una intervención urbana alcanza su verdadero potencial cuando, además de mejorar las condiciones ambientales, transforma la manera en que las personas utilizan, perciben y comparten esos espacios.

Esta reflexión ha acompañado el trabajo desarrollado en Villaverde (Madrid) dentro del proyecto europeo URBREATH, una iniciativa que reúne a administraciones públicas, centros de investigación, equipos de diseño y organizaciones sociales para explorar nuevas formas de regeneración urbana. En Madrid, el proyecto se desarrolla gracias a la colaboración entre el Ayuntamiento de Madrid, la Junta Municipal del Distrito de Villaverde, Dark Matter Labs, Basurama, Traza y el itdUPM, integrando capacidades complementarias para abordar la adaptación climática desde una perspectiva ambiental, social y participativa.

Como parte del proceso de evaluación del proyecto, el equipo decidió complementar los indicadores ambientales con una evaluación de percepción ciudadana. El objetivo buscaba únicamente conocer cómo había cambiado el parque desde un punto de vista físico, sino comprender cómo había evolucionado la experiencia cotidiana de quienes lo utilizan. Para ello, se compararon los resultados de una encuesta realizada en 2022, antes de la intervención, con una nueva evaluación desarrollada en 2026 entre niños y niñas del entorno escolar.

Los resultados muestran una evolución muy significativa. El indicador global de percepción pasó de 2,1 a 4,06 sobre 5. La valoración positiva del espacio aumentó de forma notable y aspectos como el atractivo del parque, la comodidad para permanecer en él o el deseo de utilizarlo como lugar de encuentro y juego experimentaron mejoras especialmente relevantes.

Sin embargo, el dato más valioso quizá no sea el numérico. Durante el seguimiento del proyecto, distintos profesionales implicados en la intervención han señalado cómo el nuevo espacio está favoreciendo situaciones que anteriormente apenas se producían. Vecinos que prolongan su estancia en la plaza, familias que convierten el parque en un lugar de encuentro cotidiano o personas de diferentes orígenes que comienzan a interactuar mientras acompañan a los niños durante el juego son ejemplos de una transformación difícil de representar mediante planos o fotografías, pero esencial para comprender el impacto real de la intervención.

Estas observaciones no sustituyen a la evaluación técnica, sino que la enriquecen. Ponen de manifiesto que las soluciones basadas en la naturaleza pueden generar beneficios que trascienden el ámbito ambiental, contribuyendo también a fortalecer la cohesión social, el sentimiento de pertenencia y la calidad de vida en los barrios. Incorporar estas dimensiones a la evaluación de los proyectos resulta imprescindible para comprender todo el valor que pueden aportar los procesos de regeneración urbana.

En un momento en el que las ciudades buscan acelerar su adaptación al cambio climático, experiencias como esta invitan a ampliar la manera en que entendemos el éxito de la regeneración urbana. Medir árboles, biodiversidad o temperatura seguirá siendo imprescindible. Pero quizá también debamos preguntarnos si esos nuevos espacios consiguen generar algo igual de importante: más oportunidades para encontrarse, convivir y construir comunidad.